La IA no está sustituyendo el trabajo. Está dejando en evidencia quién no sabía hacerlo
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ToggleSin criterio ni conocimiento previo, la IA no genera valor.
Genera apariencia de valor. Y eso, para quien lo recibe, puede ser mucho más peligroso.
Hace unos días recibí, de manos de un cliente, un documento de posicionamiento de marca. Estaba bien estructurado, utilizaba la terminología correcta y tenía el aspecto de algo que podría haber salido de una consultora solvente.
Sin embargo, al rascar la superficie, la consistencia desaparecía: no había coherencia interna y el documento se sostenía sobre una acumulación de conceptos que sonaban bien, pero que no respondían a la realidad operativa ni financiera de la empresa.
Lo había elaborado el fotógrafo que les graba los contenidos. No ha sido el primero. Y lejos de ser aislada, empieza a perfilarse como una tendencia.
Antes que nada, esto no es una cuestión de perfiles ni de proteger territorios. Es, más bien, un síntoma de algo que empieza a repetirse y que merece una reflexión profunda sobre cómo se está utilizando la inteligencia artificial en entornos profesionales.
El problema no es la inteligencia artificial
Conviene aclararlo desde el principio. La inteligencia artificial no es el problema. Bien utilizada, es probablemente una de las herramientas más potentes de nuestra era. Permite acelerar procesos, ordenar ideas, contrastar enfoques y enriquecer el pensamiento de quien ya sabe lo que está buscando.
El problema aparece cuando se utiliza para saltarse precisamente ese paso. Cuando la herramienta deja de ser un apoyo al pensamiento para convertirse en su sustituto.
Hay una diferencia crítica entre utilizar la IA como apoyo y utilizarla como atajo. En el primer caso, el profesional entiende el contexto, tiene criterio y tensiona la herramienta para llegar más lejos. En el segundo, no hay una base real sobre la que construir. Y cuando eso ocurre por falta de conocimiento previo, la IA no amplifica el conocimiento. Amplifica el vacío.
El lenguaje del conocimiento sin el conocimiento
Lo que está ocurriendo tiene algo de paradójico. Se están generando documentos maravillosamente escritos, con estructura coherente y jerga apropiada. Textos que, en apariencia, tienen toda la solidez del mundo.
Se habla de propósito, de diferenciación, de territorios de marca. Pero detrás de ese lenguaje no hay un proceso real de fricción, ni una lectura profunda del mercado, ni una comprensión de las palancas de negocio que requiere sostener esas decisiones. El PDF existe. El pensamiento que debería sostenerlo, no.
Existe un principio básico en la gestión de datos: Garbage in, garbage out (si introduces basura, el sistema te devuelve basura). La IA devuelve respuestas proporcionales a la calidad del criterio que hay detrás. Quien sabe lo que busca, formula mejores preguntas y obtiene herramientas útiles. Quien no, obtiene un espejismo que suena épico, pero que no resuelve ningún problema real.
El matiz es vital: lo convincente no siempre es lo correcto. Y en la vida real de las empresas, esa diferencia cuesta dinero.
Donde aparece el riesgo estructural
En muchos casos, el receptor de este tipo de documentos carece del criterio necesario para evaluar su viabilidad. Confía en el lenguaje, en la estructura, en el formato impecable. Y desde esa confianza ciega, toma decisiones.
Ahí es donde el problema deja de ser una simple anécdota para convertirse en un riesgo estructural. Ya no hablamos de un texto mal redactado, sino de decisiones estratégicas que afectan al futuro de un negocio, construidas sobre planteamientos de plástico.
Durante años, la barrera de entrada a la estrategia y la consultoría fue el conocimiento. Era necesario entender la anatomía de una empresa para poder intervenir en ella, y esa exigencia actuaba como un filtro natural. Esa barrera no ha desaparecido, pero se ha vuelto menos visible. Es mucho más difícil de identificar para quien no tiene el contexto.
Pensar sigue siendo parte del trabajo que no debemos delegar en la IA
La inteligencia artificial no sustituye el conocimiento. Lo pone a prueba.
Quien tiene criterio la utiliza mejor, la desafía, la corrige, la lleva al límite. Quien no lo tiene queda expuesto, precisamente porque ahora es más fácil que nunca producir contenido que parece sólido.
Pero producir algo que lo parezca y construir un pensamiento estratégico real son deportes distintos. En un contexto donde las herramientas evolucionan por semanas, el valor diferencial no está en tener acceso a ellas, sino en saber gobernarlas.
Entender el contexto, formular las preguntas incómodas y tomar decisiones con criterio sigue siendo, afortunadamente, nuestra responsabilidad.
Quizás la pregunta más urgente hoy no es qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué estamos dejando de hacer cuando la utilizamos.
Si la estamos usando para pensar mejor, o simplemente como coartada para no tener que hacerlo.
Joan Costa
Consultor de Marca y co-fundador de GLOWE. Ayudamos a marcas a conectar mejor con sus clientes. Formado en Administración y Dirección de Empresas por ESIC e International MBA por IE Business School. Fotógrafo aficionado. En mi tiempo libre: Familia, salud y amigos. Por ese orden.
